“Los derechos humanos no son una cuestión de caridad, ni una recompensa por cumplir las leyes de inmigración. Los derechos humanos son algo inalienable que todo ser humano posee, esté donde esté, sean cuales sean sus condiciones”, esto es lo que la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la sudafricana Navi Pillay, se vio obligada a recordar a los europeos en Ginebra en 2011. Y es que parece que en Europa se nos olvidan estas nociones tan lógicas, elementales y consabidas desde hace muchos años. Nociones de las que por otra parte nos hemos auto designado padres creadores y guardianes indiscutibles.
Migrar es un derecho humano básico. Los migrantes están amparados por todos los textos legales que salvaguardan los derechos y libertades fundamentales. El principal y más alto tratado internacional, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por Naciones Unidas en diciembre de 1948, establece en su artículo 1 que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. En su artículo 2 especifica que “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna, por motivos de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición social.” En el artículo 9, también recuerda que “Nadie podrá ser arbitrariamente arrestado, detenido, ni desterrado.” En el 13.1 dice que “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.” Y en el artículo 14 “Toda persona tiene derecho a buscar y disfrutar de asilo en otros países contra la persecución.” Pero las leyes más fundamentales son papel mojado, letra muerta, frases bonitas y vacías que invocar en cualquier ocasión.
